El anuncio de la fusión entre Bankia y CaixaBank viene forzado por la necesidad de concentrar un negocio, en el que, asumámoslo, es cada vez es más difícil ganar dinero. Mientras el cliente es cada vez más exigente, sabe más lo que quiere y se adapta rápido a un entorno cambiante, estos mastodontes siguen con estructuras muy pesadas, sobredimensionadas y con la competencia tecnológica pisándole los talones.
Esta fusión no es una fusión por liderazgo, sinergias o negocio. La conclusión parece más simple: se trata de una pura fusión para adelgazar estructuras y personal, para cerrar centros de negocio, para cumplir con los requisitos de capitalización, y para posicionarse en el liderazgo por volumen de activos bajo gestión de la Entidad que acabe resultando.
Un crecer sin demasiado sentido, con una falta de estrategia a medio y largo plazo que da verdadero vértigo. Y ya se sabe que no hay nada peor que el crecimiento sin un plan.
Pero… hay cosas buenas… porque el escenario que se dibuja es: de menos competencia, más presión al cliente, menos alternativas y un claro monopolio bancario. Y ante este panorama: aumenta la necesidad del asesor independiente: el asesor que no pertenece a ninguna Entidad Financiera y que escoge depositario únicamente en relación al beneficio para su cliente.
Es el momento de reivindicación de esta figura: como el artesano que individualiza las necesidades de cada cliente, como el copiloto que conduce la misma nave al mismo destino. Es un momento de oportunidad, en el que los bancos se deberán preocupar de ser depositarios solventes y eficientes y los asesores pasarán a ocuparse del resto.